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31 de diciembre de 2014

Las mejores lecturas del 2014

El año empezó con mucha fuerza en lo que a lecturas se refiere y poco a poco se ha ido desinflando, pero conservo algunas novelas grabadas a fuego en mi memoria, de esas a las que volveré más pronto que tarde. Mis mejores lecturas del 2014 han sido estas dos:






















Dos libros en los que pienso a menudo, bien escritos y que te capturan desde la primera página, repletos de reflexiones que rumiaba durante días. Recomendadísimos, aunque We Need To Talk About Kevin no gusta a todo el mundo por su prosa elaborada y por su punto de vista poco convencional de la maternidad.

Otros dos que quiero destacar son Intemperie y Juego de Tronos. El primero por su originalidad, por ser algo diferente a lo que he leído hasta ahora, por su dominio del lenguaje y por tenerme enganchada y sufriendo durante días. Juego de Tronos, qué decir de él: no tengo palabras para expresar la capacidad de Martin para crear un mundo imaginario y hacer que cada uno de sus personajes cobre vida página tras página. Deseando estoy continuar con la saga.




Por último (añadiría un par más, pero no quiero alargarme demasiado), escojo también esta novelita amable y con un punto de humor en torno al amor por la lectura en tiempos de guerra:


¡Felices lecturas en este año 2015 que empieza!

23 de noviembre de 2014

Don de lenguas

–Demasiado rocambolesco, demasiadas casualidades. No es una buena historia, no funcionaría en un libro.
–¡Exacto! Porque esto es la vida real, Beatriz. Y en la vida real pasan cosas más extrañas que en los libros.

Argh. ¿Se pueden imaginar unas frases más clichés para una novela? El catálogo completo de lo que me he ido encontrando en Don de lenguas me ha alterado tanto que he decidido crear una nueva categoría para los libros que voy leyendo: la de vengahombreporfavor. No sé si os pasa a vosotros, pero a mí me ha ocurrido más de una vez que, al ir leyendo un libro que no me convence por el motivo que sea, empiezo a decir para mis adentros durante la lectura: «Venga, hombre, ¡por favor!». Cabrían tantos libros en esa categoría: La verdad sobre el caso Harry Quebert, Panteón, El mapa del tiempoEn este libro, las primeras señales de alarma las marcaron algunos fallos en el texto (faltas y errores gramaticales, vamos; sorprendente en una edición de bolsillo, que se supone que lleva alguna corrección más por publicarse tiempo después de la edición principal). Luego, me llamó la atención lo poco que empaticé con el personaje principal, Aneta Martí: me ha parecido una periodista ambiciosa, metomentodo y no demasiado amable. Además, el primer intento de describirla que se hace en el libro solo alude a su magnífico físico. «Si esto es todo lo bueno que van a decir de ella las autoras, apaga y vámonos», pensé. Luego, los avances de la trama. Solo diré que nuestra aguerrida protagonista se encuentra en un momento dado con un fichero cerrado con llave. ¿Y qué hace? ¡Sí, se saca una horquilla del pelo y lo abre! Vengahombreporfavor… En el libro hay muchos detalles traídos por los pelos (ojo, spoiler: la muerte de Mario, llegar a la conclusión de que Mariona hacía chantaje...) y los personajes no acaban de quedar muy definidos: Ana, para ser la protagonista, no me parece un personaje que inspire demasiada simpatía; Castro prometía, pero queda muy diluido conforme avanza la novela. Beatriz me pareció el personaje más interesante, pero poco a poco se va convirtiendo en una caricatura al ir soltando cada vez más frecuentemente versos y citas literarias como un loro hasta el punto de perder todo atisbo de naturalidad.

Lo único que le concedo es que puede resultar interesante a mi madre o a personas como ella, que vivió en Barcelona en la década de los cincuenta (bueno, mi madre un poco más tarde). Es una historia policíaca amable y no demasiado negra, y algunos tramos evocan incluso escenitas de novela rosa. Se lee fácil si uno no se para en los detalles que chirrían (si habían hecho desaparecer el libro del catálogo de la biblioteca, ¿cómo lo encuentra la bibliotecaria?). Otro punto positivo que le gustará a mi madre es que la novela está plagada de detalles de los años cincuenta (la gente que caminaba por la calle con paquetitos atados con una cuerda, la portera que cobra los alquileres y es tremendamente cotilla, y muchos más que no fui anotando). Sin embargo, hacia el final da la sensación de que las autoras tenían una lista de todos los detallitos que querían nombrar en la novela a toda costa, pues muchos de ellos parecen un poco metidos con calzador en la narración.

En fin, una novela que sí recomendaré a mi madre, pero que para mí encaja en esa otra categoría que he comentado en otras ocasiones: la de los libros que, una vez cierras la última página, ya no vuelves a acordarte de los personajes…


22 de noviembre de 2014

Dioses menores

Supongo que Terry Pratchett es de esos autores tan peculiares que, sencillamente, lo adoras o te vas al otro extremo y no le pillas la gracia. Yo confieso que me gustan mucho las idas de olla de este autor, porque es eso, una ida de olla detrás de otra, si bien este libro destaca porque es también una gran crítica a las religiones.

Como punto de partida encontramos al dios Om, otrora dios todopoderoso que se ve reencarnado, para su desgracia, en una humilde tortuga sin fieles a quien nadie escucha. Y claro, no es una posición fácil en la que encontrarse en el Mundodisco, donde hay dioses para todos los gustos y la competencia es feroz, así que hay que actuar rápido. Om encuentra por fin a alguien que sí puede oírle: Brutha, un novicio sencillo y  analfabeto. Alguien que no piense demasiado, pues eso no es precisamente lo que los dioses quieren…

No puedo decir que sea mi libro preferido de Pratchett; de hecho, en ciertos tramos me costó avanzar mucho, pero este libro no quise dejarlo a medias. No es el más divertido de Pratchett y no tiene muchos elementos en común con otros libros del Mundodisco, pero sí que es un buen libro, que cuestiona las religiones desde la primera página y plantea la pregunta de si los hombres necesitan dioses y si los dioses son solo tan poderosos como sus creyentes quieren.

Ruido de cañerías


Atila, el detective marginal del Raval de Barcelona, está pasando una mala racha… Tiene problemas con la bebida y con Valentina, «lo más parecido a la mujer de su vida que hay en su vida». Una asociación de ayuda al inmigrante tiene grandes proyectos. El presidente del Futbol Club Barcelona aspira a la Honorabilidad más absoluta por caminos azarosos. Un crimen machista tan claro que desconcierta al mismo Atila. Un par de jóvenes «señoras bien» decididas a portarse tan mal como les sea posible. Lectura poco recomendable para políticos en pleno ejercicio de sus funciones, independientemente de su afiliación y del grado de crisis reinante en el país. Afirma Josep Forment, editor de Alrevés, que Maluenda es heredero de las novelas clásicas norteamericanas y, como tal, denuncia las injusticias sociales. Desde el racismo, la exclusión social, la lucha de clases, la soledad, las oportunidades en la vida, el amor... Además, lo hace con una escritura llena de ironía, de elegancia, muy suspicaz, honesta, certera, valiente y arriesgada.



Ya dije en su día que siento debilidad por Maluenda desde que descubrí Mala hostia, el primer libro del detective protagonista, Atila. Este es ya el cuarto libro de este autor que me leo y, si bien me sigue gustando, quizá ha sido el que menos he disfrutado de él. Me ha parecido que le faltaba garra, que le faltaba acción, «alma» quizá. No está mal, que conste, pero me ha parecido una lectura un poco facilona. Y, pese a ello, ya tengo la mirada en el siguiente libro suyo que leeré: Música para los muertos, donde sale Humphrey, un detective que creo que promete tanto como Atila. 

Siento haber hecho una reseña tan cortita, pero es lo que tiene hacer las reseñas dos meses después de haber leído el libro, que una ya no tiene las sensaciones tan frescas. Prometo enmendarme y ponerme al día pronto en lo que a reseñas se refiere.

18 de noviembre de 2014

Lady Chatterley's Lover (cita)

Both sisters had had their love experience by the time the war came, and they were hurried home. Neither was ever in love with a young man unless he and she were verbally very near: that is unless they were profoundly interested, TALKING to one another. The amazing, the profound, the unbelievable thrill there was in passionately talking to some really clever young man by the hour, resuming day after day for months . . . this they had never realized till it happened! The paradisal promise: Thou shalt have men to talk to!—had never been uttered. It was fulfilled before they knew what a promise it was.

Lady Chatterley's Lover, D. H. Lawrence

7 de noviembre de 2014

Solsticio de invierno

De vez en cuando busco una lectura tranquila, sin sobresaltos; no siempre apetecen las historias densas o trepidantes, y yo hace días que dejé atrás los libros que me hacían sentir como el sufridor en casa (tipo Ken Follett; me leí de jovencilla Los pilares de la Tierra y lo disfruté, pero con Un mundo sin fin, años después, no duré ni diez páginas, porque ya veía que «los buenos» iban a estar pasándolo mal durante setecientas páginas, y yo con ellos). El caso, que mi regalo de Sant Jordi desde el blog de Kayena fue este (¡gracias a Anduriña!), me pareció que era el momento y no quería que pasara más tiempo sin leerlo.

La palabra que me venía continuamente a la cabeza es «lectura plácida» y creo que eso mismo se desprende de la reseña del libro (que he sacado de Internet, y ojo a quienes no quieran saber casi nada de la trama, porque hay spoilers):

Elfrida Phipps, actriz retirada, decide a sus sesenta años abandonar Londres, sin más compañía que su inseparable perro Horace, e instalarse en un pueblo del sur de Inglaterra. Allí, el destino la une a Oscar Blundell, un hombre sumido en la mayor desolación tras perder a su esposa y su hija. Juntos, Elfrida y Oscar se trasladan a Escocia, donde el paisaje, la gente, el clima y el whisky se aúnan para crear un ambiente mágico donde el amor es posible a todas las edades y ante las circunstancias más adversas.

Creo que no me decantaría por leer siempre libros de este tipo, pero sí que volveré a Rosamunde Pilcher porque me ha gustado mucho el concepto, como digo, de lectura plácida que propone (sin asesinatos impactantes que abren la trama, sin giros inesperados que lo trastocan todo, sin sufrimiento a raudales que solo se acaba a cinco páginas del final); además, me encanta el retrato de Inglaterra que hace. Sí, confieso que en algún momento me he visto a mí misma dentro de veinte años reflejada en Elfrida, con gato en lugar de perro, convertida en una señora apacible y algo estrafalaria que recorre las tiendas de baratillo de un pueblecito inglés en busca de la taza perfecta, jajaja…



Para terminar, copio un fragmento que no tiene nada de particular pero quizá refleje bien el saborcillo que transmite este libro:

En realidad, aquello distaba mucho de la perfección, naturalmente. Amontonados en el exiguo espacio del viejo bungalow se hallaban los muebles y enseres personales con los que Elfrida se había mudado de Londres. El sofá hundido, el pequeño sillón victoriano, el guardafuegos de latón, el escritorio desportillado. Lámparas, cuadros sin ningún valor y demasiados libros.
—Como el día está tan gris, tenía intención de encender el fuego, pero aún no me he puesto a la tarea. ¿Quieres una taza de té, o café o algo?
—No, gracias. Acabo de tomar una coca-cola. ¿Adónde da esa puerta?
—A la cocina. Te la enseñaré.
Guiando a la niña, Elfrida descorrió el pasador y abrió la puerta. Su cocina no era mayor que la de un velero. Allí un pequeño fogón con caldera incorporada mantenía caliente toda la casa; en una alacena se hallaba apilada la vajilla; el fregadero de cerámica estaba bajo la ventana, y una mesa de madera y dos sillas ocupaban el resto del espacio. Junto a la ventana había una puerta, y a través de los paneles de cristal de la mitad superior se veía el patio empedrado de la parte trasera y el estrecho arriate que hasta el momento constituía el único esfuerzo de Elfrida en materia de jardinería. Entre las losas crecían helechos y una madreselva trepaba por la pared del vecino.
—En un día como éste no resulta muy atractivo, pero hay espacio suficiente para extender una hamaca en las tardes de verano.
—Ah, pero a mí me encanta. —Francesca examinó la cocina con ojos de ama de casa—. No tiene nevera. Y no tiene lavadora. Y no tiene congelador.
—No, no tengo congelador. Pero sí tenga nevera y lavadora, en el cobertizo que está al fondo del patio. Y lavo los platos en el fregadero, porque no hay espacio para un lavavajillas.
—Mi madre se moriría si tuviera que lavar los platos.
—No es mucho trabajo cuando una vive sola —respondió Elfrida.
—Me encanta su porcelana. Azul y blanca, mi preferida.
—A mí también es la que más me gusta. No hay dos piezas del mismo juego, pero he ido comprándola poco a poco en tiendas de baratillo. He acumulado tanta que apenas tengo donde ponerla.

El hombre del traje gris

Este libro se publicó en la década de 1950 e inmediatamente definió a toda una generación y acuñó una expresión que se sigue usando hoy: la de los hombres del traje gris, con su trabajo medio, su esposa e hijos, su vida en una casita en las afueras, y sus preocupaciones cotidianas por ascender en el escalafón y llegar a fin de mes.

El de Tom y Betsy es un matrimonio muy normal y que en apariencia lo tiene todo: una gran casa en un buen barrio, tres hijos sanos y alegres y un buen trabajo que da para mantenerlo todo (sin alharacas). Más de uno se sentirá identificado, ¿verdad? Pues el problema de este matrimonio era tan común en 1950 como lo es hoy: la insatisfacción. Ambos desean una vida mejor, exactamente eso que nos vende continuamente la publicidad, sin estar del todo seguros siquiera de en qué consiste esa vida mejor que anhelan y si eso es lo que les dará la ansiada felicidad.

En el ínterin, unos determinados hechos del pasado vuelven a llamar a la puerta de Tom y acaban poniéndolo entre la espada y la pared. Así, junto con Tom viviremos las angustias, los anhelos, las insatisfacciones y los miedos de una persona de clase media que podría ser cualquiera de nosotros. Y ahí radica la fuerza de este libro.

Me atraía este libro porque había oído muy buenas críticas, pero, no sé por qué, me esperaba un libro gris como su título, tirando a aburrido; por eso me sorprendieron los giros de la trama, muy logrados, que me mantuvieron enganchada hasta el final. Además conseguí la edición de la foto; la traducción tenía ya unos años y me encantó el sabor añejo que destilaba. Una muy buena lectura, en definitiva.



Mientras guiaba el viejo coche, de regreso a Westport, Tom se decía que él había vivido en cuatro mundos completamente separados. Uno era el mundo loco, poblado de fantasmas, de su abuela y de sus difuntos padres. Otro, el mundo aislado, del cual era mejor no acordarse, en el que había actuado de paracaidista. Otro, el mundo materialista con edificios de tabiques de cristal opaco como la United Broadcasting Corporation y la Schanenhanser Foundation. Y por fin el mundo completamente distinto de Betsy y Haney y Bárbara y Pete, el único de los cuatro que valía un ardite. Tom se dijo que había de existir alguna conexión entre aquellos cuatro mundos; pero era mucho más cómodo pensar en ellos como si estuvieran enteramente divorciados uno de otro.

16 de agosto de 2014

El contrato

¿Apetece una lectura de verano? ¿De esas que no dan muchos quebraderos de cabeza, que te mantienen enganchado, que no puedes dejar de leer? Cuando se dan esas circunstancias, siempre habrá un autor nórdico que acuda al rescate.

Una mujer aparece misteriosamente muerta en una embarcación de ocio en el archipiélago de Estocolmo. Su cuerpo está seco, pero la autopsia demuestra que sus pulmones están llenos de agua. Al día siguiente, Carl Palmcrona, presidente de la ISP, la Inspección de Productos Estratégicos, aparece ahorcado en su casa sin que a primera vista se pueda afi rmar si se trata de un suicidio o un asesinato. El detective Joona Linna será el encargado de intentar establece un vínculo entre estos dos sucesos, que, a primera vista, parecen no tener nada que ver...

[Este es el resumen de la página de la editorial, Planeta.]


A muchos les sonará este autor (pseudónimo que esconde en realidad a un matrimonio sueco que pergeña sus novelas a cuatro manos), pues su libro El hipnotista fue muy comentado hará un par de años. No es el tipo de libros que suelo leer, pero me lo regalaron y, tras tenerlo en la mesilla nada menos que un año, me decidí a emprenderlo.

En la línea de este tipo de best-sellers, llegó un momento en que no podía parar de leer, pues la trama era endiablada. Sin embargo, al terminar me dejó una sensación rara: por un lado, hacia el final hay unas páginas más bien desagradables; por otro, al terminar deja un par de temas en el aire como para incitar a leer el siguiente libro (y eso me da una rabia...). Y, por último, no sé, es un libro de sufrir, porque «los buenos» empiezan a pasarlas canutas desde la página 1 y no se les da ni un momento de respiro hasta el final. Es muy de acción, pero me dio la sensación de que no hay más. Fue como ver una peli de James Bond, que después de pasar dos horas sufriendo con los tiros y las persecuciones… no queda nada. Por supuesto, el trasfondo del libro, que toca el tráfico de armas, da que pensar mucho, pero aun así me ha quedado la sensación de que no querría leer la saga entera y pasarlo mal un libro tras otro.

En su descargo debo decir que el libro está bien escrito y se devora, así que si os gustan este tipo de libros, puede ser una buena elección. Yo insisto en que a mí me ha dejado algo fría: es la típica novela que, cuando la terminas y cierras la tapa, ya no vuelves a acordarte de los personajes…

More Than This

A Patrick Ness lo conocía porque ayudó a terminar una magnífica novela, A Monster Calls, cuando la autora original enfermó y murió al cabo de un tiempoEn la reseña que publiqué en su día dejaba patente mi total entusiasmo por ese librito que, más que leer, se devora y te tiene sentado al borde de la silla desde la primera página. Pese a no ser una obra original suya, A Monster Calls lleva muy patente el sello de Patrick Ness en la forma de narrar y de desarrollar la trama, así que cuando lo terminé tenía claro que buscaría más novelas suyas.

La oportunidad llegó un día en Waterstones, echando un vistazo a la mesa de novedades de literatura juvenil. Ahí estaba More Than This, que me cautivó con su curiosa portada y con solo echar un rápido vistazo a la contra y al primer capítulo.

El libro comienza con la muerte del protagonista, un adolescente llamado Seth (no destripo nada porque ocurre prácticamente en la primera página). Tras ahogarse en el océano, despierta en un pueblo inglés en el que vivió hace muchos años, y el contexto en el que se encuentra le hace pensar que se halla en su infierno particular en un mundo postapocalíptico.

Y así empieza esta novela en la que Seth vive entre dos mundos, el de los recuerdos de la que había sido su vida hasta entonces —típico adolescente atormentado, convencido de que en la vida tiene que haber «algo más», como alude el título, y que arrastra las consecuencias de un acontecimiento que traumatizó a su hermano pequeño años atrás— y el desolador presente de un mundo donde no entiende nada y que no tiene apenas que ofrecerle.

Patrick Ness es muy buen escritor: lo demuestra la caracterización de los personajes (siempre tan imperfectos, tan humanos), los diálogos afilados, los estupendos inicios y la forma en que mantiene el suspense a lo largo de toda la trama. El inicio es impactante, pero el desarrollo es aún mejor, pues no deja de dar giros a la trama, cerrar unos temas para plantear otros nuevos que uno no se esperaba. Y lo mejor es que no se hace cansino (no como las continuas vueltas de tuerca de La verdad sobre el caso Harry Quebert, por ejemplo, que como lectora me dejaron exhausta).

Por los temas que trata el libro y por cómo se desarrolla lo recomendaría más bien para un público adolescente, si bien lo puede disfrutar todo aquel interesado en una aventura muy contemporánea, muy bien escrita y tremendamente original, que explora esa idea que todos hemos tenido, en especial durante la adolescencia, de que en la vida tiene que haber «algo más».

27 de julio de 2014

We Need to Talk About Kevin

Leer durante seis horas seguidas hasta que cierras el libro por la última página. Quedarte mirando al techo de la habitación y murmurar un prosaico: «Guau». Y necesitar varios días antes de emprender la siguiente lectura porque tienes que reponerte de la historia que acabas de vivir.

La trama, a priori, parece de película de sobremesa de Antena 3: pocos días antes de cumplir 16 años, Kevin Khatchadourian mata a nueve personas en su instituto. Narra los hechos Eva Khatchadourian, su madre, a través de una serie de cartas que envía a su marido ausente, Franklin, en las que repasa la vida de Kevin para intentar entender cómo ambos llegaron a criar a un asesino en casa.

Sin embargo, el libro no se queda ahí. La trama gira en realidad en torno al concepto de la maternidad, pero desde un punto de vista totalmente diferente al que estamos acostumbrados: el de una empresaria de éxito —acostumbrada a recorrer el mundo durante cinco meses al año— que decide quedarse embarazada un poco a regañadientes, más por deseo de su marido que de ella; el del embarazo que se vive más como invasión que como estado de buena esperanza; el de la depresión posparto; el de no empatizar en absoluto con un hijo que, a todas luces, es de los llamados difíciles. Eva no llega nunca a sentir amor por Kevin y piensa que está criando a un extraño en casa. Por su parte, Franklin ve colmadas con Kevin todas sus expectativas de ser padre y se coloca totalmente de su parte, lo que empieza a distanciar al matrimonio; con el paso de los años, la brecha entre la pareja se abre cada vez más. Sin embargo, ¿explica eso que un día Kevin se plante en el instituto dispuesto a cometer una masacre?

No digo más porque creo que es bueno mantener ciertos elementos de sorpresa en esta historia. Es una novela epistolar y la lectura no me ha resultado fácil, pero creo que ha tenido que ver que me la he leído en inglés (tela marinera con las expresiones que suelta la autora); es un libro que no se puede soltar, pero la lectura requiere tiempo y concentración, porque está plagado de reflexiones y viajes al pasado para detallar recuerdos; así, episodios prácticamente triviales como el que puse en la entrada anterior acerca del décimo cumpleaños de Eva pueden llegar a ocupar dos páginas. Sin embargo, es una novela tremenda por la cantidad de reflexiones e interrogantes que plantea, pues es el típico libro que te sigues cuestionando días después de haberlo terminado.

Eso sí, por fortuna yo me lo he leído ahora que ya soy madre y tengo una niña normal. Me lo llego a leer hace unos años y me replanteo todo el tema de la maternidad. Avisados estáis: este libro os quitará las ganas de traer un retoño al mundo, no vaya a ser que os salga un Kevin. :-)

We Need to Talk About Kevin ocupará sin dudarlo un puesto entre las mejores lecturas de este año.


1 de julio de 2014

We Need to Talk About Kevin (cita)

Early afternoon of my birthday, I was ordered to the backyard.

"Surprise!" When I was invited back in, I discovered that five of my friends had been sneaked in the front while I'd been trying to peek through the drawn kitchen curtains. In our bunted living room, they surrounded a card table spread with a paper lace cloth and set with colorful paper plates, beside which my mother had placed matching seating cards inscribed with the fluid calligraphy of her professional work. There were also store-bought party favors: miniature bamboo umbrellas, noisemakers that tongued and honked. The cake, too, was from a bakery, and she had dyed the lemonade a vivid pink to make it seem more festive.

Doubtless my mother saw my face fall. Children are so lousy at covering up. At the party, I was desultory, laconic. I opened and closed my umbrella and rapidly tired of it, which was odd; I had powerfully envied other girls who had gone to parties to which I hadn't been invited and returned to school with precisely these pink-and-blue parasols. Yet somehow it was revealed to me that they came in packets of ten in a plastic bag and could be purchased even by the likes of us, and that devalued the favors more than I could say. Two of the guests I did not much like; parents never get it right about your friends. The cake was sealed in fondant icing like a plastic puck, and flavorlessly sweet; my mother's baking was better. There were more presents than usual, but all I remember of them is that each was unaccountably disappointing. And I was visited by a prescient taste of adulthood, an unbracketed "No Exit" sensation, which rarely plagues children: that we were sitting in a room and there was nothing to say or do. The minute it was over, the floor messy with crumbs and wrapping, I cried.

I must sound spoiled, but I wasn't spoiled. Little had been made of my birthdays in the past. Looking back, I feel simply despicable, too. My mother had gone to so much trouble. Her business didn't make much money for the longest time; she would labor over one card for over an hour and then sell it for a quarter, a price at which her customers would still squawk. In terms of our family's midget economy, the outlay had been considerable. She must have been bewildered; if she were a different sort of parent, she'd have spanked my ungrateful behind. Whatever had I contemplated that in comparison made my surprise party such a letdown?

Nothing. Or nothing in particular, nothing that I could form concretely in my head. That was the problem. I had been awaiting something large and amorphous, a vast big thing so marvelous that I could not even imagine it. The party she threw was all too imaginable. For that matter, had she brought in a brass band and magicians I'd have still been crestfallen. There was no extravagance that would not have fallen short, because it would be finite and fixed, one thing and not another. It would be only what it was.

The point is, I don't know what exactly I'd foreseen would happen to me when Kevin was first hoisted to my breast. I hadn't foreseen anything exactly. I wanted what I could not imagine. I wanted to be transformed; I wanted to be transported. I wanted a door to open and a whole new vista to expand before me that I had never known was out there. I wanted nothing short of revelation, and revelation by its nature cannot be anticipated; it promises that to which we are not yet privy. But if I extracted one lesson from my tenth birthday party, it was that expectations are dangerous when they are both high and unformed.

30 de junio de 2014

Me hallará la muerte

Madrid, 1942. Antonio y Carmen, dos jóvenes maleantes, se compinchan para desplumar a ricachones en los alrededores del parque del Retiro. Pero la adversidad y el infortunio obligarán a Antonio a huir de la justicia. Se alista en la División Azul, para poner tierra de por medio; y en Rusia conocerá penalidades sin cuento, en compañía del idealista Gabriel, otro divisionario con el que guarda un asombroso parecido físico, aunque en todo lo demás sea más bien su antípoda. 

Muchos años después, en 1954, tras sobrevivir a todo tipo de vicisitudes, Antonio regresa a España, transformado ya en otra persona, a bordo del buque Semíramis. Empieza entonces, en un Madrid peligroso y abracadabrante, una aventura de signo bien distinto, en la que Antonio vivirá una vida de potentado, muy diferente de la que dejó atrás doce años antes. Pero esta vida nueva lo obligará a la improvisación, el fingimiento y la vigilancia permanente, para mantener a buen recaudo las sombras del pasado; y en su empeño por mantenerlas, tendrá que adentrarse, siempre acechado por la muerte, en una madeja de intrigas cada vez más embrolladas y peregrinas. ¿Podrá Antonio alcanzar, entre la tupida maraña de males que ha desencadenado, el bien que anhela?


¿Hasta qué punto dejáis que la antipatía que os despierta un autor influya a la hora de leer sus libros? Porque ese creo que es el gran problema de Juan Manuel de Prada: que caen fatal tanto él mismo con sus costuras desbordantes como su engolamiento y su tufillo rancio. Yo la verdad es que llevo años intentando que eso no me afecte, pues si bien no comulgo con su ideología, como escritor de novelas me gusta mucho. Hay personas que no soportan tener que leer diccionario en mano, y eso fue precisamente lo primero que me atrajo de él ya con La tempestad: leer su prosa supone un auténtico ejercicio y un constante aprendizaje del español. ¿Qué otro autor de hoy en día es capaz de poner palabras nuevas prácticamente en cada página? Pero no palabras que me sonaran levemente, sino que algunas de ellas no las había oído en mi vida, y eso que trabajo con el lenguaje: tabuco («aposento pequeño»), patulea («muchedumbre»), polisón («armazón que, atada a la cintura, se ponían las mujeres para que abultasen los vestidos por detrás») o chubesqui («estufa para calefacción, de dobles paredes y forma cilíndrica que, por lo general, funciona con carbón». Toda la vida viéndolas en casa de tíos y abuelos y me entero ahora de que tiene un nombre tan particular y reconocido por el DRAE...).

Sin embargo, tal vez De Prada ya no es lo que era, porque si en otros libros suyos me recreaba con determinados paisajes, en este muchos de ellos me han sonado demasiado alambicados, como si se hubiera dedicado a redactar pasajes de nuevo con el Corripio en la mano. Por ejemplo, en lugar de «las voces de los musulmanes» pone «los lililíes de los almuédanos». Un ejemplo bastante gráfico de lenguaje forzado, ¿no?

En cuanto a la historia, es muy entretenida, aunque me ha hecho sufrir y las últimas 200 páginas me las he leído de una sentada porque tenía que saber cómo terminaba. Me gusta cómo hila las historias De Prada, cómo construye la trama y cómo evolucionan los personajes, aunque algún punto de esta novela no me haya parecido del todo creíble. Lo que hay que reconocerle al autor, desde luego, es que tiene mucho oficio y eso se nota en cada página.

De todas formas, este libro me deja un pequeño poso de insatisfacción, no sé si por lo rebuscado de algunas parrafadas, por los pasajes un poco truculentos o morbosos, por la visión que se da de las mujeres, pues a todas parece que las describe el autor según le provoquen o no instintos lúbricos… La verdad es que me lo pensaré antes de comprar su siguiente novela. Lo que quizá sí haga es descubrir al De Prada de los inicios, con novelas como Coños, Las máscaras del héroe o El silencio del patinador. Para un primer contacto con el autor recomendaría la novela por la que le dieron el premio Planeta, La tempestad, aunque también esta hace gala de un lenguaje barroco. No digáis que no os lo advertí. :)

En fin, veo que me ha quedado más un post con nostalgia del pasado que con esperanzas de futuro (del de De Prada, digo), pero quizá sí es ese el poso que me ha quedado tras la lectura, sí...

29 de junio de 2014

The Guernsey Literary and Potato Peel Pie Society

Londres, 1946. Juliet Ashton es una joven escritora que acaba de dar un pelotazo literario; aumenta la presión de cara a su siguiente novela, pero a ella no se le ocurren ideas. Un día, recibe una carta de un tal Dawsey Adams —ha adquirido un libro que una vez perteneció a ella, donde estaba anotada su dirección—; alentados por el amor que ambos profesan a los libros, empiezan a intercambiar correspondencia. Cuando Dawsey le cuenta que forma parte de una sociedad literaria en la pequeña isla en la que vive, Guernsey, la curiosidad de ella se ve picada y pronto comienza a recibir cartas de otros miembros de la sociedad, que poco a poco van dando pinceladas de cómo fue la ocupación alemana de la isla durante la Segunda Guerra Mundial. Así, a Juliet se le ocurre que esa sería una magnífica idea para un libro y se plantea viajar a la isla de Guernsey para conocer a las personas que conforman un club literario tan singular.

La isla en la que se desarrolla parte de la trama.

Han pasado semanas ya desde que leí esta novela y espero que el tiempo no haya servido para atemperar mi entusiasmo, porque este librito me pareció magnífico. La capacidad que tiene Mary Ann Shaffer para crear personajes entrañables es tremenda. Juliet, creo yo, es la amiga que todos desearíamos tener, especialmente por su bondad y honestidad, y por ese magnífico sentido del humor del que hace gala. Ese es uno de los puntos que más me llamó la atención de la novela, el sentido del humor tan gráfico que se utiliza, un poco al estilo Bill Bryson, como si uno estuviera viendo una tira cómica en lugar de una novela. Y luego está la parte que narra las privaciones de la guerra y cómo la ocupación alteró el día a día en la isla: se narra de una forma muy de tradición oral, como si estuviéramos sentados al fuego de una hoguera con los abuelos y ellos nos contaran en primera persona lo que padecieron. Aparte está el hecho de que se narran historias de amor surgidas en torno a la afición por la lectura. ¿Hay algo más bonito que eso?

Es una verdadera pena que la autora, Mary Ann Shaffer, muriera antes de concluir esta primera novela (fue su sobrina, Annie Barrows, quien terminó el trabajo). Sin embargo, The Guernsey Literary… ya tiene un hueco en mi estantería junto a otras novelas entrañables como I Capture the Castle y Miss Pettigrew Lives for a Day (sí, sé que no tienen mucho que ver unas novelas con otras, pero todas despiertan en mí la misma sensación, como de haber encontrado a una amiga querida con la que ir a tomar té por las tardes y charlar de mil cosas). Si os suena un poco esa sensación, ¿qué libros añadiríais a estos tres?



22 de mayo de 2014

El inspector que ordeñaba vacas

Este libro sí que ha sido una sorpresa. Tras leerme el primer capítulo en la web de la editorial (aquí) y ver esa portada con una estética digna de La huella del crimen, esperaba encontrar en El inspector que ordeñaba vacas una novela policíaca original y muy solvente. Su autor no solo es inspector jefe de policía en la vida real (lo que podría aportarle ideas para un montón de tramas sólidas), sino que ha demostrado tener soltura con el idioma y la cabeza muy bien amueblada tras concursar en Pasapalabra, donde aguantó imbatible 30 programas (es el mozo rudo y atractivo de la derecha):


Y sí, se trata de una novela muy solvente, llena de detalles que solo alguien que trabaja en el Cuerpo puede desvelar, pero en paralelo a la trama policíaca se desarrolla otra insospechada: ¡es un libro de autoayuda! Y creo que es importante avisar desde el principio porque sé que muchos huís de la autoayuda cual gato escaldado del agua fría. Daos por avisados, pues, porque en este libro la hay, y en abundancia.

Sorprende ver la cantidad de detalles del propio autor que se reflejan en la novela: Ignacio Azcona, el protagonista, es inspector de policía, como lo es el autor Luis J. Esteban en la vida real. Entre los protagonistas aparece un responsable de los GOES (Grupos Operativos Especiales de Seguridad) de Cataluña, cargo que Esteban también ha ejercido. Azcona es licenciado en Derecho, como el propio Esteban, y si alguna vez tiene una hija quiere llamarla Luana (nombre de la hija del autor, al parecer). Ignacio Azcona es navarro y trabaja en Barcelona, y Luis J. Esteban es zaragozano y trabaja también en la ciudad condal. En definitiva, que ha sido imposible no ponerle esta cara al protagonista de la novela desde la página uno:


Sabéis que no me gusta destripar tramas, así que solo diré que gira en torno a una operación policial de gran importancia en Barcelona (un tremendo marrón para los polis encargados de destaparla, porque hay implicados peces gordos) y que en paralelo describe el bache emocional que atraviesa el protagonista y las pautas a las que recurre para superarlo (ahí es donde adquiere el tono de autoayuda). Esteban escribe con soltura y se le nota la riqueza de vocabulario de la que hizo gala en el concurso de Telecinco; para ser una primera novela, me ha parecido muy prometedora. También creo que la experiencia es un grado y seguramente en futuros libros habrá detalles más pulidos, como por ejemplo los diálogos, que en ocasiones me han parecido un pelín encorsetados (ahí le dan mil vueltas escritores curtidos en el género, como González Ledesma o Maluenda). Otra pega que le pondría a esta novela es que quizá el ritmo no se mantiene del todo bien al alternar trama de acción con reflexiones de autoayuda. O quizá el ritmo sí se mantiene si uno no espera encontrar en esta obra una novela policíaca de infarto con una acción trepidante página tras página.

Sin embargo, dejando a un lado estos dos detalles, me parece una novela tremendamente original, con una mezcla de géneros inesperada que pocos autores se habrían atrevido a abordar, y resuelta con mucha solvencia, como decía arriba. El hecho de que el autor tenga un perfil tan «exótico» (al menos para un escritor, no me lo neguéis...) no hace sino sumarle atractivo a esta lectura. La recomiendo a quienes estén dispuestos a acercarse a ella con la mente abierta y sin esperar una novela negra de cabo a rabo, porque no es eso: es mucho más.



3 de mayo de 2014

A Street Cat Named Bob




















¿No es preciosérrimo el gato de la foto? Pues hoy os traigo la historia real que hay detrás, que hace un par de años se publicó en el libro A Street Cat Named Bob.

Y la historia es como sigue: en el año 2007, James Bowen (también en la foto) se encontró a un gatito herido en el portal de su casa. En aquella época, bastante tenía James con cuidar de sí mismo: era exdrogadicto, estaba siguiendo un tratamiento de metadona, había conseguido dejar de vivir en las calles (fue indigente durante un año) para pasar a un piso de protección social y había roto totalmente los vínculos con su familia. Así las cosas, lo que menos necesitaba era echarse una responsabilidad sobre los hombros, pero tampoco podía dejar a aquel gatito abandonado a su suerte: lo subió a su casa, le curó la patita herida y, más o menos desde ese momento, se hicieron inseparables. Hasta tal punto que Bob seguía a James allá donde iba, incluso al centro de Londres, en autobús, donde James se ganaba la vida como músico callejero y vendiendo la revista The Big Issue. Poco a poco, fueron haciéndose cada vez más populares hasta que una agencia literaria le propuso a James escribir un libro contando su historia, libro que un par de años después se ha convertido en superventas. Y hasta hoy.



Este libro no solo nos cuenta las aventuras que vivieron James y Bob en la calle (por ejemplo, cuando Bob se asustó y se echó a correr entre la gente en pleno Piccadilly Circus, donde se perdió). También es el relato de cómo Bob le proporcionó a James la fuerza necesaria para dejar la metadona y liberarse de su pasado con las drogas, seguir vendiendo The Big Issue para pagar las facturas de su casa y retomar el contacto con su familia después de varios años.

Esta es una lectura que enternecerá a los amantes de los animales, pero va más allá: a través de la historia de Bob, el lector descubre cómo es la vida en las calles, qué puede llevar a una persona a caer en el pozo de las drogas y cómo salir de él, y el halo de invisibilidad que muchos indigentes tienen que soportar cuando miles de personas pasan a su lado cada día sin siquiera mirarles a la cara.

Un libro, en definitiva, muy recomendable por lo enternecedora que resulta la historia de Bob, pero también para superar ciertos estereotipos en torno a la indigencia. También me ha parecido una historia recomendable para adolescentes; por otra parte el inglés que usan es muy cotidiano y no excesivamente complicado. Si no os animáis a leerlo en inglés, La Esfera de los Libros lo ha publicado en español.




28 de abril de 2014

Intemperie

Mientras rebañaba su cuenco, pensó que era la primera vez que tomaba algo caliente desde que había salido de su casa dos noches atrás y que también era la primera vez en su vida que comía en compañía de un desconocido. Allí, con el cuenco entre las manos, se dio cuenta de que no había previsto contingencias tan básicas como la falta de alimentos o las verdaderas condiciones de vida que imponía un llano como aquél. En sus cálculos tampoco entraba la idea de tener que pedir ayuda a alguien y, mucho menos, hacerlo tan pronto. En realidad, no había preparado su marcha. Simplemente, un día, una gota derramó un caldero. A partir de ese momento, brotó en él la idea de la fuga como una ilusión necesaria para poder soportar el infierno de silencio en el que vivía. Una idea que se empezó a formar en su mente en cuanto su cerebro estuvo listo para albergarla y que ya no le abandonó nunca más. Salvo el morral y la precaución de escapar en una noche sin luna, no había hecho ningún otro preparativo ni cálculo. En todo caso confiaba en sus conocimientos para abrirse paso con mayor soltura. Al fin y al cabo, él era tan hijo de aquella tierra como las perdices y los olivos.

Un chico, una fuga, una llanura inacabable, un sol inclemente, la sed, el miedo, la desconfianza, la exacerbación de sentimientos y la vida reducida a las necesidades físicas fundamentales. De los personajes de este libro nunca llegaremos a saber el nombre, como tampoco el de los lugares que transitan. Se puede intuir que es Andalucía, o Extremadura, la tierra del autor, o quizá la meseta castellana; en cuanto a la época, aquella en la que el único coche del pueblo lo tenía el alcalde. El protagonista, un chico de corta edad, decide escaparse de casa por unos motivos que poco a poco se irán dejando entrever. Sin embargo, no teme que lo encuentre su familia (al contrario, ellos no le buscan); de lo que tiene auténtico miedo es de verse frente a frente de nuevo con el alguacil. El chico nunca ha salido del pueblo, y más allá de los olivares no sabe lo que va a encontrar, pero igualmente decide emprender la marcha; sin embargo, lo que sí conoce el alguacil es los pocos sitios en 10 kilómetros a la redonda de la inclemente planicie en los que el chico va a poder esconderse. ¿Cómo podrá sobrevivir en una llanura sin agua ni apenas víveres y bajo un sol de justicia?

Si bien la trama no parece demasiado original, sí lo es el desarrollo. La característica más destacable de este libro, que ha recibido críticas y elogios por igual, es el estilo descarnado del autor y un vocabulario riquísimo en torno al mundo rural. La narración además apela totalmente a los sentidos: son tan vívidas las descripciones que el lector puede llegar a sentir el gaznate áspero como un papel de lija y el sol azotando la piel en medio de un entorno natural indiferente. La narración avanza prácticamente a golpe de descripciones; los diálogos son pocos y muy escuetos. Pero que ello no desanime al lector, porque este es un libro construido con maestría y con una voz poco habitual en los escritores jóvenes de hoy (y menos aún, noveles).

Un punto que me ha gustado mucho es que, pese a la violencia que se adivina en muchos pasajes de la novela, apenas hay hechos explícitos: el autor prefiere dejar en manos de la imaginación del lector lo que ocurre en muchos pasajes  y ese me ha parecido un recurso poderosísimo. Él lo explica mucho mejor que yo:

Creo que la evocación o la sugerencia pueden producir un efecto incluso mayor que la explicitación del hecho mismo. La imagen incompleta provoca en el receptor una especie de impulso que tiende a completar lo inacabado. Existe, por tanto, un terreno intermedio entre el texto y el lector en el que este se apropia de lo escrito y, en cierto modo, lo finaliza.

Jesús Carrasco ganó con este libro el galardón del Gremio de Libreros de Madrid al Libro del Año 2013. Es una novela breve pero poderosa, que se desmarca de los planteamientos actuales, y desde luego con ella Carrasco demuestra que tiene oficio pese a tratarse esta de su primera obra. No es un libro que gustará a todo el mundo —la prosa, como digo, es muy particular y la trama no resulta amable—, pero a mí sí que me ha convencido por la capacidad narrativa del autor, su manejo del lenguaje (no me ha parecido impostado en absoluto), por haber sabido mantener la tensión y por haberme tenido sentada al borde de la silla y devorándome las uñas estos últimos dos días.

Y un último apunte: creo que no hay título mejor que este para la novela. Intemperie. Porque así es como se encuentra el protagonista, al aire libre, sin ningún techado ni protección, ni física ni emocional.

Aquí os dejo el link a una entrevista con ABC, muy recomendable y sin spoilers, de la que he extraído la cita de arriba.

Y, ya puestos, os dejo esta otra de El País, en la que Jesús Carrasco se explaya un poco más. Me parece muy sensato todo lo que dice este hombre, la verdad.



27 de abril de 2014

Sant Jordi bloguero: el desenlace

Como comenté en mi anterior entrada, este año me apunté a la iniciativa que Kayena organizó para Sant Jordi y, aunque no he tenido tiempo de publicarlo hasta hoy, llegó puntual para San Jorge y esto es lo que salió del paquete:




Mi bloguera invisible fue Ángela, del blog Anduriña, ¡muchas gracias desde aquí! Además el libro me parece todo un acierto: ya hace tiempo que quería leer algo de esta autora, así que me alegro de que por fin un libro suyo haya caído en mis manos (y de esta manera tan original; me encanta que los libros que acumulo en mis estanterías tengan su pequeña historia detrás). Además he visto por Internet que Solsticio de invierno tiene buenas críticas… Y los regalitos que lo acompañaban no me pueden gustar más: el marcapáginas es una auténtica gozada y la tarjeta me parece preciosísima. En cuanto a la libreta, sé de alguien que me la pedirá en cuanto la vea...

¡Gracias también a Kayena por poner en marcha esta iniciativa!

25 de abril de 2014

Juego de tronos (Canción de Hielo y Fuego / 1)

Tras el largo verano, el invierno se acerca a los Siete Reinos. Lord Eddard Stark, señor de Invernalia, deja sus dominios para unirse a la corte de su amigo el rey Robert Baratheon, llamado el Usurpador, hombre díscolo y otrora guerrero audaz cuyas mayores aficiones son comer, beber y engendrar bastardos. Eddard Stark ocupará el cargo de Mano del Rey e intentará desentrañar una maraña de intrigas que pondrá en peligro su vida y la de todos los suyos.

En un mundo cuyas estaciones pueden durar decenios y en el que retazos de una magia inmemorial y olvidada surgen en los rincones más sombríos y maravillosos, la traición y la lealtad, la compasión y la sed de venganza, el amor y el poder hacen del juego de tronos una poderosa trampa que atrapará en sus fauces a los personajes... y al lector.

A estas alturas, ¿qué puedo yo añadir sobre Juego de tronos? Seguro que quien esté mínimamente interesado en el género de fantasía ya ha oído hablar sobre esta tremendísima novela escrita hace 18 años y, si no, se habrá enterado de su existencia gracias a la serie. Así pues, mi propósito es no explayarme mucho y limitarme a resumir lo que me ha gustado a mí de esta novela:

– George R. R. Martin hace tan fácil la lectura que parece que escribir sea un juego de niños; es un gran contador de historias, por lo que creo que esta novela gustará no solo a los aficionados a la fantasía, sino a quienes simplemente quieran leer una buena historia contada con maestría.

– La tensión no afloja en ningún momento y eso es mucho decir en un libro de 700 páginas en su edición de bolsillo.

– A eso contribuye la forma original en que se desarrolla la narración, pues cada capítulo se narra desde el punto de vista de un personaje y son más bien breves, con lo que es difícil dejar de leer (solo un capítulo más y ya lo dejo...).

– La cantidad de personajes que desfilan por sus páginas es ingente, con lo que uno puede elegir quiénes le caen mejor y quiénes peor (aunque mejor no encariñarse mucho con ninguno de ellos); todos son tremendamente humanos y están muy bien perfilados. Además, no es un libro que encasille a sus personajes en muy buenos o muy malos, como son dados otros libros del género: los personajes son complejos y a menudo están a medio camino entre la bondad y la maldad, y justo ahí radica su encanto. Y los diálogos resultan muy creíbles.

– Destila originalidad y la trama toma giros insospechados, que aunque pueda parecer un cliché es totalmente cierto: imposible adivinar por dónde nos va a salir el autor.

– No puedo opinar acerca de la serie porque no la he visto y de momento no la veré: prefiero imaginarme a los personajes en la cabeza y tirar de imaginación. Cuando termine los libros que hay publicados (preveo que aún faltan meses) creo que sí veré la serie; dicen que es magnífica.




—El pueblo llano, cuando reza, pide lluvia, hijos sanos y un verano que no acabe jamás —replicó ser Jorah—. A ellos no les importa que los grandes señores jueguen a su juego de tronos, mientras los dejen en paz. —Se encogió de hombros—. Pero nunca los dejan en paz.

*****
Actualizo el 12 del julio del 2015 para subir esta foto, que muestra la publicidad de una web de audiolibros donde seleccionaron precisamente esta frase que extraje del libro en su día como la más simbólica. Me pareció curiosa la coincidencia, pero claro, es una frase genial para resumir el libro.


10 de abril de 2014

Sant Jordi bloguero, edición 2014

Os traigo una iniciativa que lleva unos años celebrándose, pero yo no había tenido oportunidad de unirme hasta ahora, así que os la presento:


Todas las instrucciones para participar están en este enlace del blog de Kayena.

Y yo voy a participar con Las lágrimas de San Lorenzo, de Julio Llamazares. Esta es la sinopsis:

Una emocionante historia sobre los paraísos e infiernos perdidos
 —padres e hijos, amantes y amigos, encuentros y despedidas— que recorren toda una vida entre la fugacidad del tiempo y los anclajes de la memoria.

«-Cada estrella que pasa —dijo Otto— es un verano de nuestra vida.
-No —le corrigió Nadia, su novia, sin dejar de mirar al cielo—. Cada estrella que pasa es una vida.»

Un profesor de universidad que ha rodado por Europa como una bola del
 desierto sin echar raíces en ningún lugar regresa a Ibiza, donde pasó sus 
mejores años de joven, para asistir junto con su hijo, del que vive separado hace ya tiempo, a la lluvia de estrellas de la mágica noche de San Lorenzo. La contemplación del cielo, el olor del campo y del mar y el recuerdo de los días pasados desatan en él la 
melancolía, pero también la imaginación.

«—¿La has visto? —me dice Pedro, mirándome.

—Sí —le respondo yo.

Da igual que la viera o no. Al niño le da lo mismo que sea verdad o mentira y, en el fondo, prefiere que le mienta con tal de compartir su emoción conmigo.
 Le he traído hasta aquí arriba para verlas. Lejos de las construcciones que ocupan toda la isla y cuyas luces alumbran la lejanía como si fuera un cielo invertido. Es imposible escapar de ellas por más que uno se aleje de donde están.»

En breve termina el plazo para apuntarse al Sant Jordi bloguero. ¿Os animáis?

1 de marzo de 2014

Wild (Salvaje)

Vuelvo tras haber estado sepultada con trabajo unas cuantas semanas, lo que no me ha dejado mucho tiempo para lecturas. Y es una pena haber leído Wild un poco a trompicones, pues lo cierto es que es la típica historia con la que una se puede pasar horas y horas sentada en una cafetería enfrascada en la lectura y ajena al mundo alrededor.

Con 22 años, Cheryl Strayed lo había perdido todo: su madre acababa de morir de un cáncer fulminante y, de resultas, su familia se había dispersado. Seriamente afectada, se metió en una espiral de infidelidades, se divorció de su marido –a quien todavía amaba– y cayó en las drogas. Cuatro años después y sin nada que perder, tomó una decisión impulsiva: recorrer el Sendero del Macizo del Pacífico, una ruta de más de 4.000 km por las montañas que bordean la costa oeste de Estados Unidos (llamado en inglés Pacific Crest Trail o PCT).

Y así fue como, en 1995, se embarcó sin tener experiencia alguna en senderismo en un periplo que la llevaría a recorrer 1.800 km cruzando los estados de California y Oregón con la única compañía de una inmensa mochila, apodada «Monstruo», que pesaba casi la mitad que ella misma y que se convertiría tanto en una tortura como en una compañía, un apéndice de sí misma.

Cheryl en 1995, cuando llevaba 10 días recorriendo el PCT.
Este fue un viaje de superación en toda regla, de seguir caminando por un escenario inmisericorde cuando uno cree que no puede hacerlo más, de vencer el miedo de estar sola en el bosque (I am not afraid, I am not afraid… se repetía como un cántico), de superar el dolor físico (Cheryl llevaba unas botas demasiado pequeñas que le laceraron los pies, le hicieron perder seis uñas y convirtieron la ruta en un suplicio) y de desesperación (tenía muy poco dinero y en ocasiones no le daba ni para comprarse un refresco en una tiendecita tras haber caminado 200 km). También recuerda su vida pasada, a sus padres y hermanos y las vivencias que la han llevado hasta allí, y el lector observa cómo poco a poco el camino va imponiendo su redención: Cheryl se reconcilia con su pasado y acepta (no sé si es el verbo más adecuado) la muerte de su madre. Es hora de pasar página.

En la soledad del bosque todos los sentimientos se ven exacerbados, por lo que los momentos buenos fueron gloriosos: la compañía ocasional de otros senderistas, con los que compartió charlas, risas y comida; la satisfacción de comprobar que, gracias a su voluntad irrefrenable, su cuerpo se curtía y era capaz de recorrer más kilómetros cada jornada; la gloria de darse un baño caliente tras llevar dos semanas en el bosque sin ducharse, cubierta de costras de sudor; el placer infinito de comprarse una hamburguesa y una ensalada en un pequeño resort de montaña tras días de comidas deshidratadas...

Con Joshua, con quien caminaría unas cuantas jornadas. Nótese la diferencia entre su mochila y «Monstruo».

En fin, me gustaría que en esta reseña quedara plasmado mi total entusiasmo por esta novela. Cheryl Strayed es una narradora inteligente, que mezcla a la perfección el relato de sus jornadas en la montaña con los recuerdos del pasado. Es también tremendamente sincera, y se expone en el libro por completo para que el lector la acompañe jornada a jornada en su periplo hacia la curación.



Por cierto, esta lectura me recordó mucho a otro libro, si bien el tono de la narración no tiene nada que ver: A Walk in the Woods, de Bill Bryson (no está traducido, me temo), narra el intento que hizo el autor en 1998 de recorrer el sendero de los Apalaches con su amigo Stephen Katz. No sé si conocéis a este autor; a mí sus libros de viajes me resultan tronchantes y este, en concreto, es el que más me gusta de todos. Tiene un sentido del humor muy gráfico y se las apaña para hacerte reír hasta decir basta al tiempo que te ilustra con datos históricos sobre el sendero e información sobre fauna y flora. Muy recomendable para seguir en la línea de las aventuras mochileras, aunque, como digo, en un tono muy diferente.


Y, bueno, para poneros los dientes largos con el libro de hoy, os dejo el prólogo, que está colgado en algunas páginas de Internet y, por tanto, supongo que puedo reproducir también aquí, a ver si os entra el gusanillo de leerlo:


Eran árboles altos, pero yo estaba en una posición aún más alta: por encima de ellos, en una escarpada ladera en el norte de California. Momentos antes me había quitado las botas de montañismo, y la del pie izquierdo había caído entre esos árboles al volcarse sobre ella la enorme mochila, salir catapultada por el aire, rodar hasta el otro lado del sendero pedregoso y despeñarse por el borde. Tras rebotar en un afloramiento rocoso a unos metros por debajo de mí, se perdió de vista entre la enramada del bosque, donde ya era imposible recuperarla. Atónita, ahogué una exclamación, pese a que llevaba treinta y ocho días en medio de aquella agreste naturaleza y a esas alturas sabía ya que cualquier cosa podía ocurrir, y que ocurriría. Pero no por eso dejaba de asombrarme cuando por fin sucedía.

La bota había desaparecido. Había desaparecido de verdad.

Estreché a su compañera contra mi pecho como si fuera un bebé. Un gesto vano, por supuesto. ¿De qué sirve una bota sin la otra? De nada. Es un objeto inútil, huérfano para siempre, y no podía apiadarme de ella. Era un armatoste de bota, de lo más pesada, una Raichle de cuero marrón con cordón rojo y presillas metálicas plateadas. Después de sostenerla en alto por un momento, la arrojé con todas mis fuerzas y la observé caer entre los exuberantes árboles y desaparecer de mi vida.
Estaba sola. Estaba descalza. Tenía veintiséis años y también yo era huérfana. "Una verdadera extraviada", había dicho un desconocido hacía un par de semanas cuando le di mi apellido y le hablé de mis escasos lazos con el mundo. Mi padre abandonó mi vida cuando tenía seis años. Mi madre murió cuando yo tenía veintidós. Después de su muerte, mi padrastro dejó de ser la persona a quien consideraba mi padre para transformarse en un hombre al que yo solo reconocía de vez en cuando. Mis dos hermanos, en su dolor, se distanciaron, pese a mis esfuerzos para que los tres nos mantuviéramos unidos, hasta que me rendí y también yo me distancié.

Durante los años anteriores al momento en que arrojé mi bota al precipicio en esa montaña, yo misma estaba arrojándome a un precipicio. Había deambulado, vagado y errado –de Minnesota a Nueva York, de allí a Oregón, y luego por todo el oeste– hasta que por fin, en el verano de 1995, me encontré allí, descalza, sintiéndome no ya sin lazos con el mundo, sino amarrada a él.

Era un mundo en el que nunca había estado y que, sin embargo, como bien sabía, siempre había existido; un mundo en el que había entrado a trompicones, afligida, confusa, temerosa y esperanzada. Un mundo que, según pensé, me convertiría en la mujer que yo sabía que podía llegar a ser y, a la vez, me permitiría volver a ser la niña que había sido en otro tiempo. Un mundo cuyas dimensiones eran medio metro de ancho y 4.285 kilómetros de largo.

Un mundo llamado Sendero del Macizo del Pacífico.

Había oído hablar de él por primera vez solo siete meses antes, cuando vivía en Minneapolis, triste, desesperada y a punto de divorciarme de un hombre a quien aún amaba. Mientras hacía cola en una tienda de actividades al aire libre, esperando para pagar una pala plegable, cogí de una estantería cercana un libro titulado El Sendero del Macizo del Pacífico. Volumen I: California, y leí la contracubierta. El SMP, decía, es un sendero a través de la naturaleza que discurre ininterrumpidamente desde la frontera entre México y California hasta poco más allá de la frontera canadiense, pasando por las cimas de nueve cadenas montañosas: Laguna, San Jacinto, San Bernardino, San Gabriel, Liebre, Tehachapi, Sierra Nevada, Klamath y las Cascadas. En línea recta equivale a una distancia de mil setecientos kilómetros, pero el sendero tiene una longitud de más del doble. Atravesando en su totalidad los estados de California, Oregón y Washington, el SMP cruza parques nacionales y reservas naturales, así como territorios federales y tribales y propiedades particulares; desiertos y montañas y bosques pluviales; ríos y carreteras. Di la vuelta al libro y contemplé la cubierta –un lago salpicado de peñascos y rodeado de riscos que se recortaban contra el cielo azul–; volví a dejarlo en su sitio, pagué mi pala y me marché.

Pero pasados unos días regresé y compré el libro. Por entonces el Sendero del Macizo del Pacífico no era para mí un mundo; era una simple idea, imprecisa y disparatada, prometedora y llena de misterio. Algo brotó dentro de mí mientras seguía con el dedo su línea irregular en un mapa.

Recorrería esa línea, decidí; o al menos tanto de ella como pudiera en unos cien días. Desmoralizada y confusa como nunca lo había estado en la vida, vivía sola en un estudio en Minneapolis, separada de mi marido, y trabajaba de camarera. Todos los días me sentía como si mirara hacia arriba desde el fondo de un profundo pozo. Pero desde dentro de ese pozo me propuse convertirme en una montañera solitaria. ¿Y por qué no? Había sido ya muchas cosas. Afectuosa esposa y adúltera. Amada hija que ahora pasaba las vacaciones sola. Ambiciosa alumna aventajada y aspirante a escritora que saltaba de un trabajo insignificante a otro mientras jugueteaba peligrosamente con las drogas y se acostaba con demasiados hombres. Era nieta de un minero del carbón de Pensilvania, hija de un obrero siderúrgico convertido en viajante de comercio. Al separarse mis padres, viví con mi madre, mi hermano y mi hermana en complejos de apartamentos habitados por madres solteras y sus hijos. En la adolescencia, viví en plan «retorno a la naturaleza» en los bosques septentrionales de Minnesota, en una casa que no tenía retrete interior ni electricidad ni agua corriente. A pesar de eso, llegué a ser animadora en el instituto y reina de la fiesta de inauguración del curso escolar; luego me fui a la universidad y, en el campus, me convertí en feminista radical e izquierdista.

Pero ¿recorrer sola dos mil kilómetros por un entorno agreste?
Nunca había hecho una cosa así ni remotamente. Pero no perdía nada por intentarlo.

Ahora, de pie y descalza en aquella montaña californiana, se me antojaba que habían pasado años, que en realidad había sido en otra vida cuando había tomado la decisión, posiblemente insensata, de darme un largo paseo sola por el SMP con el propósito de salvarme. Cuando creí que todo aquello que había sido antes me había preparado para ese viaje. Pero nada me había preparado ni podía prepararme para aquello. Cada día en el sendero era la única preparación posible para el día siguiente. Y a veces ni siquiera el día anterior me preparaba para lo que vendría a continuación.

Por ejemplo, para el hecho de que mis botas se precipitaran irrecuperablemente por un barranco.

Cheryl en Crater Lake (agosto 1995).
La verdad es que lamenté perderlas de vista solo hasta cierto punto. Durante las seis semanas que las calcé, atravesé desiertos y nieve, dejé atrás árboles y arbustos, y hierba y flores de todas las formas, tamaños y colores, subí y bajé montañas, y recorrí campos y claros, y porciones de tierra que me era imposible definir, salvo para decir que había estado allí, había pasado por allí, las había cruzado. Y a lo largo del camino esas botas me levantaron ampollas en los pies y me los dejaron en carne viva; por su culpa, se me ennegrecieron las uñas y cuatro de ellas se desprendieron dolorosamente de los dedos. Para cuando perdí las botas, ya no quería saber nada de ellas, y ellas no querían saber nada de mí, aunque también es verdad que las adoraba. Para mí, ya no eran tanto objetos inanimados como prolongaciones de mi propia identidad, igual que casi todo aquello que llevé a cuestas ese verano: la mochila, la tienda, el saco de dormir, el depurador de agua, el hornillo ultraligero y el pequeño silbato de color naranja que tenía en lugar de arma. Eran los objetos que yo conocía y con los que podía contar, las cosas que me permitían seguir adelante.

Miré los árboles por debajo de mí, sus altas copas meciéndose suavemente en la brisa tórrida. Podían quedarse con mis botas, pensé, recorriendo con la vista aquella vasta extensión verde. Había decidido descansar allí por el paisaje. Era un día de mediados de julio, ya avanzada la tarde, y me hallaba a muchos kilómetros de la civilización en todas direcciones, a muchos días de la solitaria oficina de correos donde había recogido mi última caja de reaprovisionamiento. Cabía la posibilidad de que algún montañero apareciera por el sendero, pero eso rara vez ocurría. Por lo general, me pasaba días sin ver a nadie. En cualquier caso, daba igual si alguien venía o no. En esa aventura estaba sola.

Observé mis pies descalzos y maltrechos, con sus escasas uñas residuales. Eran de un blanco espectral hasta la línea trazada a unos centímetros por encima de mis tobillos, donde normalmente acababan los calcetines de lana. Por encima, tenía las pantorrillas musculosas y doradas y velludas, cubiertas de polvo y una constelación de moretones y arañazos. Había empezado a caminar en el desierto de Mojave y no pensaba detenerme hasta tocar con la mano un puente que cruza el río Columbia en el límite entre Oregón y Washington, cuyo magnífico nombre es Puente de los Dioses.
Miré al norte, en dirección a él: la sola idea de ese puente era para mí una almenara. Miré al sur, hacia donde había estado, hacia la tierra agreste que me había aleccionado y abrasado, y me planteé mis opciones. Solo tenía una, lo sabía. Desde el principio había tenido solo una.

Seguiría adelante.


18 de enero de 2014

La tumba compartida

Maite, una joven anticuaria que arrastra cierto sentimiento de culpa desde la desaparición, en el pasado, de un miembro de su familia, va a ver su rutina alterada. Un día llega a su tienda, que dirige con su socio Adrián, un extraño amuleto egipcio con forma de corazón, de la época del faraón Akhenatón.

Maite, Adrián y el conocido arqueólogo Mauricio Varona, además del equipo de este, inician una expedición a Egipto en busca de la tumba de la reina Nefertiti, esposa del faraón. Pero todo se complica con muertes inesperadas, hallazgos de cadáveres, desconfianzas, envenenamientos e identidades desconocidas que el lector va descubriendo de la mano de Maite.

Una novela que no sabía si me iba a gustar del todo, porque el tema egipcio debo reconocer que no es lo mío. Sin embargo, con su aparente sencillez me fue enganchando y, además, al final del libro hay más chicha de lo que parecía en un principio. No puedo decir que sea el libro de mi vida (la cantidad de vueltas que da la trama al final le hacen perder un poco de fuelle), pero sí que hace pasar un rato entretenido y las críticas en la red son positivas, así que lo recomendaría.

Por cierto, ya sabéis que me fijo mucho en la corrección de los libros, y a este, por mucho que lo haya publicado Ediciones B, le haría falta un repasillo.

Gracias a Godor, de Para gustos los libros, porque gané este libro en un concurso que organizó él. :-)